21 de marzo de 2026

Historias

El Dique del Lago del Fuerte: un hito nacido de la tragedia y la presión popular

La construcción del Dique del Lago del Fuerte fue impulsada por la desesperación y la movilización de un pueblo con miedo. El 27 de noviembre de 1951 tuvo lugar una inundación catastrófica que dejó un saldo de 11 personas fallecidas y consecuencias económicas devastadoras.

Tandil es una ciudad que ha crecido condicionada por su geografía y marcada por el agua. En AM1140 Radio Tandil, la Elsa Marcela Guerrero, doctora en Geografía y directora del CINEA (Centro de Investigaciones y Estudios Ambientales) de la UNICEN, compartió las conclusiones de su extensa investigación sobre la relación de la ciudad con las inundaciones. A través de su análisis, Guerrero reconstruye una historia de lucha social, errores de planificación y un presente donde la impermeabilización del suelo, producto del crecimiento y la "modernización" pone en jaque la seguridad urbana y obliga a repensar el escurrimiento.

El dique, como resultado de empecinamiento popular

La construcción del Dique del Lago del Fuerte no fue un proyecto nacido de la previsión estatal, sino de la desesperación y la movilización de un pueblo con miedo. Guerrero sitúa el origen de esta historia el 27 de noviembre de 1951, fecha de una inundación catastrófica que dejó un saldo de 11 personas fallecidas y consecuencias económicas devastadoras. "Hubo un proceso que se llevó adelante hasta el año 58 donde sistemáticamente las asambleas barriales tenían como principal solicitud un dique", explicó la investigadora.

Este proceso social transformó a Tandil en lo que los geógrafos llaman "territorios pensados", donde la forma de la ciudad es el resultado de un proceso social donde la gente planifica su seguridad. En estas asambleas participó activamente el Padre Actis, cura y actor social clave que elevó el pedido a nivel nacional para financiar una obra que, en palabras de Guerrero, era "una inversión importantísima y carísima para la época". Finalmente, tras años de reclamos, el dique fue inaugurado en 1962.

Es importante destacar que, aunque existía previamente el dique seco de la Quinta San Gabriel, este solo retenía un afluente. El nuevo dique vino a contener al Arroyo del Fuerte, el principal cauce que traía todo el caudal de la Sierra de las Ánimas directamente hacia el casco urbano.

La inundación como "parteaguas" emocional

Para Guerrero, las inundaciones en las ciudades tienen un impacto que trasciende lo económico. Mientras que las sequías afectan principalmente al sector productivo rural, las inundaciones urbanas marcan un "antes y un después" en la psiquis colectiva.

"Las inundaciones afectan incluso los recuerdos", reflexionó la doctora durante la entrevista. "La gente se queda sin fotos, sin muebles, sin un montón de objetos materiales que tienen una connotación afectiva". Esta pérdida de la identidad y la memoria es lo que genera ese "miedo atávico" que resurge en los tandilenses con cada lluvia intensa.

La ciudad sobre el agua: arroyos entubados y la "memoria" del cauce

Uno de los puntos más fascinantes de la investigación de Guerrero es la reconstrucción de la geografía perdida de Tandil. La ciudad actual se asienta sobre dos grandes cursos de agua que hoy están ocultos: el Arroyo Blanco y el Arroyo del Fuerte.

El Arroyo Blanco nacía en la zona del Calvario y corría por la actual avenida Rivadavia, bordeando la Plaza San Martín. Por su parte, el Arroyo del Fuerte cruzaba zonas hoy densamente pobladas como Paz y 25 de Mayo, la Plaza Santa Marina y la avenida Marconi. "Toda el agua que no puede llevar el entubamiento va por arriba", advirtió Guerrero, subrayando un concepto fundamental: "el agua tiene memoria". Cuando los sistemas pluviales se ven superados, el agua busca naturalmente su pendiente original, inundando las avenidas que antes fueron arroyos a cielo abierto.

El riesgo actual

La situación actual de Tandil es preocupante debido a lo que Guerrero denomina "impermeabilización urbana". A partir del Plan de Desarrollo Territorial (PDT) de 2005, se impulsó una política de densificación para abaratar costos de infraestructura y servicios. Sin embargo, esta decisión económica tuvo un costo ambiental altísimo.

"Antes existía el corazón de manzana, las casas con jardín que permitían la infiltración", explicó la especialista. Al construir complejos de departamentos y pavimentar pulmones verdes, se anula el servicio natural de absorción del suelo. "Toda esa agua que antes tomaba el suelo empieza a acumularse y va al sistema pluvial, que fue planificado para otro momento histórico y otra ciudad". El resultado es visible: lluvias de apenas 40 minutos pueden dejar autos bajo el agua, como ha ocurrido en zonas como Mitre y Montiel o el Cerrito.

Guerrero fue enfática en la necesidad de que el Estado deje de ser reactivo. "El Estado no debería ir detrás del problema, sino anticiparse", sentenció. La investigadora, que formó parte del equipo que diseñó el PDT original, sostiene que es imperativo revisar dicho plan frente a la nueva realidad y a normativas posteriores como la Ley de Paisaje Protegido de 2012.

La urbanización actual no solo amenaza con más inundaciones, sino que está destruyendo el principal activo de la ciudad: su paisaje serrano. Construcciones que superan la cota de los 200 metros o que tapan la panorámica de las sierras son ejemplos de una planificación que requiere ajustes urgentes. "Nosotros tenemos opiniones técnicas, pero la última decisión es política", recordó Guerrero.

Un libro para recuperar la mirada crítica

Toda esta investigación, que incluye un valioso registro fotográfico, fundamentalmente, del diario La Nueva Era que documenta la transformación de la ciudad y el naufragio de sus espacios públicos, ha sido plasmada en el libro "Inundaciones y crecimiento urbano en Tandil entre el año 1951 y el 2017".

La obra, publicada por la Editorial de la UNICEN, fue presentada el pasado viernes en la Librería Alfa. El libro no solo funciona como un documento histórico sobre las tragedias pasadas, sino como una advertencia necesaria para el futuro de una ciudad que, si no revisa su modelo de crecimiento, seguirá condenada a repetir los ciclos del agua que tanto dolor le han causado.

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