20 de febrero de 2026
Los vecinos de la zona de Figueroa y Maritorena aseguran estar atravesando una situación límite. Hablan de desprotección, de impunidad y de un foco de delincuencia identificado en una vivienda puntual que, según sostienen, funciona como una "cueva" desde donde se organizan robos constantes en el barrio.
En diálogo con Radio Tandil, Fabián Corsini, titular de la carnicería San Blas, relató que volvió a ser víctima de la inseguridad.
"Este es el segundo hecho en mi negocio. Esta vez ya fue robo, me rompieron las puertas. Me robaron dinero, herramientas y garrafas. En el allanamiento recuperaron solo las garrafas y quedó imputado."
Corsini remarca que no se trata de hechos aislados sino de un patrón reiterado y conocido por todos.
"Sabemos quiénes son. Tenemos nombre, apellido, filmaciones, dirección. Todos los vecinos fuimos robados."
Según describe, la vivienda señalada está ubicada en Maritorena 86. "Es una casa que no tiene luz, no tiene gas, no tiene agua. Es una cueva donde roban. Los fines de semana es cuando más actúan."
La sensación de impunidad se profundiza, dice, cuando los sospechosos circulan por la zona luego de los hechos.
"Hace media hora pasaron otra vez por la puerta de mi negocio, como una burla, como sabiendo que no podemos hacer nada."
Si bien reconocen que los móviles policiales acuden ante los llamados, el problema -afirman- radica en lo que ocurre después.
"La policía viene siempre, al toque. Pero no pueden entrar. Estamos todos al filo de la macana, pero nos contenemos."
Vivir a la defensiva
Romina, comerciante y vecina del barrio, también fue víctima. "Me entraron a robar el local. Y anoche hicieron pie en mi patio para meterse al de la carnicería."
Desde entonces, su rutina cambió por completo.
"Tuve que poner rejas en el frente. Me levanto todos los días mirando si tengo el vidrio sano o si me rompieron el candado."
La inseguridad atraviesa la vida cotidiana. "No podés dejar el auto afuera. Se manotean las puertas. Todos los días es una historia nueva."
En su relato, describe una estructura organizada. "Son todos mayores. Hay tres mujeres que hacen campana y después el hermano es el que entra a los locales."
Y sintetiza el clima que se vive en la cuadra: "Esto es un vivo a la pepa. No sabemos qué hacer."
"Un estrés constante"
Marcela, vecina que desde hace 25 años organiza peñas en la zona, cuenta que nunca habían tenido problemas hasta ahora.
"Hace 25 años que hacemos peñas y jamás nos pasó nada. Ahora ya vienen tres viernes seguidos intentando abrir autos."
"Robaron herramientas, dinero, criques. Ya no podés dejar nada arriba del auto."
La situación, asegura, modificó la forma de habitar el barrio. "Es un estrés constante. No puede ser que a las 10 de la mañana tengamos que estar mirando para todos lados."
"Sabemos que cuando esas mujeres están dando vuelta la manzana es porque están haciendo inteligencia."
Y concluye con una frase que se repite entre los vecinos: "Nosotros tenemos que vivir encerrados y ellos están libres e intocables."
Encierro y miedo
Marta, jubilada y residente sola en el barrio, describe cómo debió adaptar su vida. "Vivo sola y tuve que poner alarma. Y para salir me compré un gas pimienta."
"Antes uno pensaba que era de noche. Ahora es a cualquier hora."
La organización vecinal es hoy la única red de contención
"Nos cuidamos entre nosotros. Esa es nuestra vida: encerrándonos y ellos libres."
Un barrio al límite
El conflicto, según los testimonios, ya no es solo la sucesión de robos sino la sensación de abandono. Los vecinos sostienen que el foco delictivo es conocido, que los responsables están identificados y que, sin embargo, continúan operando.
En ese contexto, emerge un peligroso escenario: la tensión creciente de quienes sienten que el sistema protege más al agresor que al damnificado. "Estamos al filo", repiten.
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Datos extraidos de Casas de Hoy