11 de agosto de 2017
"Yo nunca estuve en contra de la Policía, siempre le tuve respeto". Verónica Maderwald atraviesa una contradicción. Criada por un abuelo que perteneció a la fuerza, creció con la convicción de que los uniformados están para cuidar a los ciudadanos y combatir el delito. La misma idea que comparten amplios sectores de la comunidad, que confían en la Policía como la herramienta más efectiva contra la ilegalidad. Pero la postura de esta madre entró en cortocircuito el último fin de semana, cuando su hijo fue víctima de la violencia uniformada.
"Él estaba con un grupo de amigos comiendo, tomando y mirando televisión", relata. La escena ocurrió en la madrugada del domingo, en un domicilio de calle Marzoratti al 1000. "Es cierto que había tomado de más y estaba medio fuera de sí por el alcohol, pero no hizo nada malo", asegura.
No es la misma impresión que tuvo un vecino minutos después, cuando los chicos salieron a dar vueltas por esa cuadra. Al verlos, decidió llamar a la Policía para hacer la denuncia.
Al lugar acudieron efectivos "de la comisaría tercera y de la cuarta", dice Verónica. A ellos los señala por haber cometido severos abusos contra su hijo: "Lo golpearon con un machete. Tiene moretones en todo el cuerpo y la cara hinchada, negra. Hasta en la boca del estómago le pegaron".
La mujer afirma que después de la golpiza, lo llevaron detenido. Como el joven tiene 19 años, no dieron aviso a la familia, por ende ella nunca supo que se encontraba en una dependencia policial. "Estuvo sin agua, sin comida y sin cobijas. Lo tuvieron encerrado como a un perro. Yo no me enteré hasta que él salió".
Aunque pasaron ya varios días, su hijo todavía sufre las consecuencias del traumático episodio. Y no sólo en su cuerpo. "Tiene miedo de hablar", asegura la madre. Ante su silencio, ella no tiene forma de radicar la denuncia porque al ser mayor de edad, la responsabilidad recae en él. Por eso, la única alternativa que encontró fue hablar con los medios para alertar a la sociedad.
"Yo sé que está mal putear a la Policía o agredirla y tirarle piedras al patrullero, pero la realidad es que entre cuatro (efectivos) pueden agarrar a un chico alcoholizado y subirlo al patrullero sin necesidad de darle una golpiza que casi lo mata", reconoce la madre. La contradicción sigue haciendo efectos. Mientras tanto, su hijo soporta los dolores en el cuerpo, al igual que un amigo suyo, al que la Policía también agredió y golpeó en la cabeza. "Yo siempre hablé bien de la Policía, ¿pero a quién le gustaría que lastimen así a un hijo y que ni siquiera le comuniquen su detención?". Desorientada, Verónica aún intenta comprender cuál es el verdadero rostro de la Policía, si el que siempre tuvo o el que descubrió este domingo.
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